Podemos

Tan sólo dos semanas más tarde de que Tomás Gómez dijera que sabía de buena tinta que Eurovegas se había caído, del mismo modo que tenía una encuesta en las últimas autonómicas que le daban la mayoría absoluta, Las Vegas Sands ha registrado su proyecto en la Comunidad de Madrid.

Un proyecto que desde el primer día ha gozado a partes iguales de la irritación y descrédito por parte de la inmovilista oposición, que se niega a que el PP siga ofreciendo proyectos innovadores y reformistas para Madrid sin que nadie le pare los pies, pero por otra, de la ilusión de todos aquellos que no consiguen un empleo y esperan con ilusión que el centro de convenciones, ocio y turismo más grande del sur de Europa aterrice en su comunidad.

Como madrileña entiendo la sensación de abismo que genera un proyecto de semejante magnitud. A veces me pregunto si la idiosincrasia de la Comunidad de Madrid podría cambiar como seguramente lo hizo el estado de Nevada cuando Las Vegas se construyó en medio de aquel desierto.

Pero Madrid es mucho más que eso. Madrid es arte, historia, ocio y espectáculo. Tiene personalidad propia de sobra pero quizá echaba en falta un poco de emoción. En poco tiempo superaremos la oferta hotelera de ciudades competidoras en la carrera olímpica como Estambul o Tokio. Y seremos mucho más que eso. El 3% del recinto se dedica al juego. El resto serán convenciones, turismo, cultura, moda… ¿No es ilusionante?

Seamos serios

Las medidas que pone en marcha el PP son proporcionalmente criticadas por quienes menos lecciones pueden dar y menos se aplican el cuento cuando gobiernan.

La Comunidad propone, dentro del Plan Empleo regional, que los parados madrileños colaboren con su administración local y cobren una prestación en concepto de obra y servicio. Es decir, que mientras continúan buscando un trabajo, tengan la oportunidad de estar en contacto con el mundo laboral, de sentirse activos y de no caer en la desesperanza que caracteriza a la inactividad.

Sin embargo, los campeones del paro en España con medalla olímpica en Andalucía no han tardado en relacionar la medida con la esclavitud, la economía sumergida y la engañifa laboral.

Madina, Llamazares o Soraya Rodríguez se han apresurado a criticar un convenio socialista de 1982 que si hoy aplica el PP, es un experimento que esclaviza a parados e inocula con políticas neoliberales a aquellos que se niegan a resignarse a que se les caiga el techo de casa encima.

Será para ellos la medida más regresiva del siglo XXI, pero desde luego no peca de la ridiculez de aquella campaña de la Junta de Extremadura que decía “no estoy en paro, estoy orientándome”.

Por el momento, 16 de los 20 ayuntamientos donde gobierna el PSOE en Madrid ya se han suscrito al convenio. Hablar desde el Congreso de los Diputados es relativamente fácil. Ver cómo a tus vecinos les consume la desesperación pone en pie a cualquier alcalde responsable.

Exprópiese

Acosan y pretenden coartar la iniciativa privada en cualquier terreno, sobrepasando a veces los límites de la legalidad. Sueñan con soltar un día un sonoro “exprópiese” desde Eurovegas o alguno de los nuevos hospitales externalizados. Mientras, amenazan a las empresas interesadas en invertir su patrimonio y su tiempo en Madrid.

En lugar de tomar ejemplo de países como Holanda, Suecia o Noruega, con eficaces sistemas sanitarios, se sienten mucho más atraídos por Argentina, Cuba, Bolivia o Venezuela, donde la iniciativa extranjera a veces molesta.

Consideran que la administración debe decidirnos colegio, médico y hospital y a qué hora podemos abrir y cerrar nuestros negocios. Critican que nos neguemos a igualar a la baja a los niños en un sistema educativo único y demos también oportunidades a los más estudiosos. Les horroriza que profesores “de fuera” les den clases de inglés como las generaciones anteriores nunca tuvimos.

En la televisión pública acosan a los periodistas que no piensan y trabajan como sus sindicatos afines dictan. Secuestran su emisión, paralizan operaciones y citas médicas o el Metro de Madrid si así consideran, porque creen que lo público es suyo. Con fijación enfermiza por los símbolos guerracivilistas, algunos llevan en sus venas la irrupción parlamentaria. Mientras cobran varios sueldos públicos y viajan en coche oficial, se abrazan al socialismo para decir que están cerca de quien peor lo pasa. Y tras su gestión siempre queda lo mismo: paro y ruina. ¿No les es familiar?

Ciudadano, participa

El PP de Madrid, consciente de la fractura que separa cada vez más a ciudadanos y políticos, está comprometido desde el principio de la legislatura con reducir el parlamento y el modo de elección de sus diputados. Es la hora de que la gente se sienta directamente consultada y se involucre más en saber quién le representa y cómo ha llegado ahí.

Los más progresistas ya se han cerrado en banda a la hora de perder privilegios. Son incapaces de ver que no hay ser humano en España que no quiera que la austeridad comience por los políticos. A Tomás Gómez en concreto, parece que todo esto se le atraganta.

El modelo propuesto está inspirado en el alemán, que cada vez cuenta con más simpatías en otros partidos y hemiciclos. Este sistema guarda fielmente el principio de proporcionalidad por mucho que se empeñen en malinterpretar algunos, y permite desbloquear parte de la lista para que los votantes tengan la oportunidad de elegir en base a quién es el candidato y cuáles son sus reivindicaciones locales. De esta manera el diputado se deberá más a sus electores y menos a sus jefes políticos.

El Partido Popular de Madrid es el partido que más representantes tiene y por tanto, quien más puede perder. De hecho, con el actual modelo cosecha amplias mayorías desde hace años. Pero no vale con ganar votos: la confianza es la mayor de las victorias.