Sobre la reforma de la Ley del Aborto

Las personas que decidimos dar el paso y dedicar temporalmente nuestra vida a la política tenemos la obligación de involucrarnos en los debates, aunque a veces esto no sea lo más cómodo. Sobre todo si el tema en cuestión causa preocupación social y está en boca de todos los ciudadanos. Este que vamos a tratar en concreto está radicalizando las diferentes posturas y por eso quiero dejar claro que esta es mi opinión, con la que quiero explicar que este asunto no puede verse como negro o blanco. Ni se es más progre ni se es más carca por pensar de uno u otro modo. Tampoco pretendo protagonizar ningún movimiento reivindicativo dentro mi partido, el PP, donde me encuentro perfectamente representada y donde siempre he hablado con total libertad. Esto que cuento es sencillamente personal.

Hablo a diario con mis compañeros, con mis amigos, con mi entorno de las redes sociales y de mi vida personal. Gente de toda clase, ideología y condición. Y creo que es momento oportuno para, sin estridencias ni radicalismos, reflexionar y aportar con ello a la reforma de la Ley del Aborto. No estoy en contra de ella. Estoy a favor de que si se modifica la actual, se haga caminando hacia adelante. Nos afecta a todos por igual.

Creo que se trata de una buena oportunidad porque los partidos debemos ser organizaciones flexibles que utilizan los sentidos para leer y escuchar a la gente. Y porque temas tan importantes como el que nos ocupa no pueden modificarse cada vez que cambia de signo político el gobierno. No es serio. No avanza la sociedad que cada cuatro años modifica temas esenciales como el aborto. Y si esto sucede es porque cada gobierno los cierra en falso imponiéndolos sin consenso, como ya hizo Zapatero en su momento. Hay que evitar que se repita el procedimiento.

¿No es, me pregunto, un sinsentido el hecho de que según quién gobierne uno pueda o no dar determinados pasos que atañen a su más estricta intimidad?

Vamos por partes. En un tema como el aborto nunca vamos a estar de acuerdo. Aunque no todos opinamos igual acerca de este problema, los políticos estamos obligados a llegar a un acuerdo lo más amplio posible y a promover que los ciudadanos también lo estén.

Creo que el aborto voluntario es siempre un fracaso. Es fruto de la inconsciencia, un error que ninguna mujer que lo ha experimentado olvidará en su vida y quiero pensar que nunca desearía haber cometido. Pero ahí está, y no seré yo la que obligue a ninguna mujer a vivir como no quiere para el resto de su vida. No tengo ninguna autoridad ni derecho para exigir a una mujer que no quiere ser madre, por la razón que sea, que siga hacia adelante. Del mismo modo que no aplaudiría a quien aborta y mucho menos, a quien repite. Me parece de una grave inconsciencia y sucede no pocas veces. Qué drama.

Pero no seré yo la que proclame lo que es mejor ni más correcto para la vida de nadie.

Estoy de acuerdo con que la mujer que lleva en su vientre una vida nueva, está decidiendo por dos y no sólo por ella. Pero no existe la ley que me permita a mí obligar a esta persona a vivir como no quiere. A ser una infeliz, a vivir de manera desgraciada y desestructurada. Es un sinsentido, lo sé. Pero no se trata de tapar la realidad y esta, el aborto, lo es, existe, y la mujer que pasa por ello no puede ser nunca apartada y menos, por su administración. Hay que hacer todo lo posible para que nunca se vuelva a repetir. Y desde luego ser muy estrictos y dejar claro que el Estado no equipara el aborto a una operación de apendicitis. Es muy grave y debe ser tan excepcional que debe tener entre sus fines intentar reducir el marcador a cero.

No hay nada tan progresista como la vida. Pero señalar con el dedo y arrinconar socialmente a una mujer por cometer un error tan personal y ya dañino de por sí para ella misma, me resulta medieval. No todas las mujeres tienen la suerte de tener un entorno familiar como por ejemplo, el mío, donde además de contar con unos recursos mínimos aprendimos que un niño siempre es bienvenido y nunca es un problema por muchas dificultades que contraiga.

Por otro lado creo que quien está en contra del aborto no debería entender de supuestos. Porque si el argumento es que no se puede distinguir de embriones de primera y de segunda por tener o no malformaciones, tampoco deberían ser categorizados negativamente por ser fruto de una violación. Son vidas igual de inocentes. ¿O no merecen vivir entonces? ¿Quién prima en este supuesto, la madre o el hijo? Y hablar de daños psicológicos para justificar el aborto me temo que es la misma puerta abierta que hoy se critica de la ley actual y que viene de 1985. Que no debió tocarse.

Mucha gente me está diciendo en estos días que esta reforma es un compromiso electoral del PP. Y me parece bien que mejore la anterior ley impuesta por Zapatero, que entre otras cosas permitía que las menores de edad abortaran sin consentimiento ni conocimiento de los padres, o que la píldora del día después se expidiera como si se tratara de una aspirina, lo que es ambos casos una barbaridad.

Pero todos sabemos que los ciudadanos nos votan por un programa en conjunto, no por una propuesta concreta del mismo modo por el que aunque uno está de acuerdo casi siempre con las directrices de su partido, en ocasiones no es así y debe ceder a la voluntad mayoritaria. Soy defensora de las mayorías.

Por eso, muchos votantes del PP que están en contra del aborto entienden que el problema está ahí, desde siempre, lo encaremos o no. Y que una mínima ley de plazos razonables, mejorando la legislación actual, no es el peor camino. Sobre todo es realista. Los abortos existen y existirán, y mirar para otro lado mientras sabemos que se practican voluntariamente cada día, es cinismo. Y exagerar el debate con fotos de fetos o de madres en avanzado estado de gestación, lo es más aún.

Hay muchas cosas más urgentes y necesarias que se deben poner en marcha en el contexto de esta reforma. Como por ejemplo, reivindicar el papel de la paternidad hoy, ya que los hombres son directamente ninguneados por el feminismo radical, apartándoles de toda obligación y sobre todo, de cualquier derecho incluido el de opinión.

También creo que hay que apostar por campañas de educación sexual efectivas, sin estridencias, aunque a alguno le produzca un rubor insoportable ver anuncios de preservativos en televisión. Se siente pero es que se usan y cuanto más mejor, ¿saben? Creo que la Iglesia católica hoy, cuyo papel sigue siendo muy importante para nuestra sociedad, en este sentido corre el riesgo de quedarse atrás y alejarse de los más jóvenes.

Hay que seguir protegiendo, amparando y ayudando con todos los medios a las mujeres embarazadas sobre todo en riesgo de exclusión. Con especial protección a los menores. Y orientar a las mujeres que no tienen claro el camino a seguir, previniéndolas de un paso como es el aborto, que no tiene vuelta atrás y del que pueden arrepentirse y frustrar así sus vidas para siempre.

Hay que seguir reivindicando la vida, porque es lo más importante. Pero la vida allí donde es concebida con consciencia, con inteligencia, fruto del entendimiento y del consentimiento. Al menos en un país desarrollado como el nuestro, en Occidente, siglo XXI.

Hay que recordar que el aborto no es un método anticonceptivo ni hay que relativizarlo como muchos hacen. Es un drama, un craso error al que nunca hay que llegar y que tiene unas graves consecuencias, sobre todo físicas y piscológicas, que la mujer involucrada arrastra para el resto de su vida. Por no hablar de los derechos que nunca serán concedidos al nascitorus.

Hay que perseguir y acabar con los abortos clandestinos que de manera indiscriminada y muchas veces insalubre, terminan con la vida de fetos que podrían ser perfectamente viables fuera del vientre de su madre. Y hay que respetar al máximo la decisión del médico que se niega a practicar cualquier tipo de aborto.

Sin enmarañar el debate con mentiras, para terminar con el falso mito que algunos interesados pretenden extender sobre que la mujer que aborte irá a la cárcel si gobierna el PP. Porque nunca ha sucedido ni sucederá en España, lo que al menos parece que nos pone a todos de acuerdo.

Este debate debe producirse en este momento, con lealtad, con valentía, con respeto y con mucha calma. Ahora podemos intentar consensuar una ley que, aunque no contente a todos, sea realista y sincera. Cada uno tiene un concepto de la vida distinto y por eso sé que hablo de una utopía. Pero no por eso deja de tener valor para mí.

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